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Edgar E. Ramírez
Puerto Rico
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Son dulces tus dos labios,
y tus ojos profundos por donde penetro al infinito:
son dulces las formas de tus manos.
Dulces son las auroras boreales
extintas en tu rostro, y tus piernas,
tus piernas como bosques obscuros, donde habitan
terribles criaturas olvidadas,
y tus nalgas con lunares, eclipsando
las estrellas mas efervescentes.
Dulces son tus blancos pies, ya casi alas,
melaza tu recuerdo, por la ronca hiel
de las ausencias inperdonables.
Diciembre me trae de ti algunas nieves
en esta loca primavera tropical,
mojada por las lluvias más inverosímiles.
El olivo y la miel de tus pupilas
ordenan el caos al que tú me condenas.
Hay un buitre picoteando mis abiertas escamas
y un gusano, acechante
en el corazón,
-con almíbar rojo: escarchada manzana de las fiestas,
asaltadas por niños furiosos e inconscientes al tiempo del alfiler
y al tiempo de la espiga-.
Hay, cuando tú llegas
todo lo que tú reclamas:
constelaciones que brotan de mis labios,
galaxias una araña de cristal colgando de la luna,
castillos defendidos por centauros,
alados grifos y quimeras de lapislázuli, oro y jade;
arlequines y hermafroditas danzando,
sorprendidos el jazz mágico del África.
Hay también: el silencio y la nada
que sólo tú y yo rompemos y habitamos
infusos de misterios
de amor, siempre nuevo inagotable.
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